No es el invierno el que me triza los huesos,
sino el saberte gélida entre la espesura de la tierra,
en la imposibilidad del encuentro
y el terror del futuro sin memoria.
No hay cábala para desandar el abismo del desasosiego
y no importaría su eficacia, si la hubiese,
pues también me han negado el misterioso don de la fe.
He nacido entre escépticos
y en el centro de la incredulidad
se me ha concedido una única certeza:
la de tu muerte.
No hay forma de recuperar el solsticio,
ni rehusar a esta herencia al destierro.
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Disculpa madre por estos versos improvisados que no son oda sino desconsuelo, pero al menos pude escribirte.
(Publicado originalmente el 21 de junio del 2013)


