Hace años tenía un blog en el que publicaba casi a diario. Entre todos los temas, allí aparecían a menudo las miradas tragedia o intensas, no por nada se llamaba Tribulaciones de un fantasma. No soy muy hábil escribiendo sobre cosas felices… ese género lo reservo para la conversación, donde suele irrumpir una risa incluso, o sobre todo, en los momentos menos apropiados.
Poco a poco dejé de escribir y de publicar. Me avergonzaba que el género fuera siempre ese. No solo en poesía, también desde la crítica política o el análisis social. Siempre en negativo, siempre desde aquello que falta. Sé sentir otras cosas, pero no sé escribirlas. Con los años, me autocensuré. Entiendo que la imagen que proyectan mis emociones desbordadas suele ser inconveniente para los demás, que no es fácil mirarla.
Lo sé. Vivo en esas emociones todos los días y estoy harta de tener que modularlas por convivir, por no molestar. Las regulo, claro, pero no voy a borrarlas. No son solo tristeza o nostalgia, aunque sean las que más se noten y sobre las que más escriba. Quien se permite mirarme sabe que también son inconmesurables mi amor, mi ternura, mi risa… que es inevitable mi algarabía ante una idea o un proyecto, que soy capaz de ir hasta el mismísimo fondo si tengo una convicción, una duda o una búsqueda. Ya no quiero disculparme por eso. Voy a pensar, sentir, escribir y publicar en la verdadera dimensión en la que proceso todo. No me importa ya la etiqueta de intensa: mi emoción es inmensa y me niego a seguir haciéndome menos.
No quiero jugar a este juego
Donde no siento, no me duelo, ni me ilumino
No soy de mover piezas con un cronómetro
Soy agua, soy entrega
Mi cuerpo siempre se embate ante la roca
Mi sien se embulle en la posibilidad
Y mi piel se deshace, se funde sin resguardo
No puedo jugar a ser menos
No voy a evitar provocar miedo ante mi rotundez
Solo soy
Sabrá quién habite esa paz y esa tormenta
Ese Lil es una gota y Gabriela es un diluvio
Sabrá quién, pero no querré ser menos.


