Llorar

Lil Fredes

Estoy cansada y triste.

Desolada es mejor descriptivo.

No sé qué siento. No soy particularmente buena identificándolo, ni rápida ni precisa.

Creo que llevo ocho meses llorando. Unos días solo se asoma el nudo que aprisiona las cuerdas vocales y lo empujo a otros vacíos porque no se llora en la fila para ver a bándalos chinos, no se llora en el taxi de camino a casa, no se llora entre los pasillos del supermercado, no es útil llorar mientras se trabaja, ni es posible hacerlo a minutos de una reunión. No se llora en casa ajena, no se llora sin saber si ese llanto viene con esa especie de hipo incontenible,  ese sollozo que aumenta su volumen y entorpece la quietud.

Otros días lloro hasta hincharme. Me subo a un bus y considero que ese lugar es privado y personal. Lloro en silencio durante cuatro horas. Le doy cuerda a las lágrimas con música tragedia y aprovecho de repasar todas las ocasiones en las que tuve que «tragarme el llanto». Cuando estoy en casa, me apoyo contra una pared y me permito caer hasta el piso, remecerme, sentir lo más que pueda y en la mayor extensión de mi cuerpo. Lloro en la ducha, estrujando la rabia contenida, refregando la vergüenza, la tibieza, la tardanza. 

Lagrimeo en el parque mientras paseo a Leila y llevo los audífonos con una canción que se repite y me acerca en metáforas a eso que me duele. 

A veces lloro por ensoñaciones que invento, para tapar las verdaderas razones por las que me quiebro. Porque si me digno a mirarlas, temo no poder repatriarme de la angustia. 

Otras me expongo a abrir el querer a otres, sabiendo que allá no hay nada más que la posibilidad de sentir dos cosas: la ilusión dopamínica elaborada y su inmediato desplome que me permitirá una fachada de desamor, un género más aceptado que, digamos, la orfandad. Hay más posibilidad de contarlo y encontrar consuelo que cuando una muestra cotidianidades distintas, historias distintas que los demás se reúsan a mirar en directo, que solo soportan como testimonio lejano o producto cultural.

Llevo más de ocho meses. Estoy exhausta. Y no recuerdo haber podido llorar en los brazos de nadie. Dolerse es incómodo, lo sé. Por eso empujo los nudos al vacío hasta que estoy sola. 

Lil Fredes/liúbula

Comunicadora social, enfocada en los espacios y expresiones culturales, las tecnologías y la didáctica en aulas virtuales de aprendizaje. Feliz cómplice de Nodo Común. Fan de las letras.

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