Ayer ya hice el disclaimer en otro post: no soy quien escribe desde la luminosidad de los hechos o sus posibilidades. Por eso, sí voy a ser yo quien venga a amargar la fiesta de las hipótesis que circulan en redes.
Nunca ha faltado la violencia en Bolivia, pero estos meses asistimos a un nivel que nos negamos a mirar con seriedad. Algunas veces porque la noticia pasa muy rápido y sin seguimiento, como en el caso del juez del tribunal agroambiental. Otras porque se pone en duda la escena y se mira con sospecha que tres tiros no hayan eliminado a una víctima. En general, cualquier caso en que arremete la violencia termina en un ir y venir de versiones que se alimentan entre medios de comunicación y conjeturas de redes sociales, en un silencio abrumador o en concluir que asistimos a un montaje.
Por irreales que parezcan los hechos: suceden. Por montados que sean los hechos: suceden. Desde esa contundencia, más allá de los móviles que están detrás, de su escenificación o de sus resultados, no es normal que sicarios disparen tres veces un arma, como no fue normal que un tanque militar intente derribar la puerta de palacio. La violencia no atañe solo a quienes la protagonizan o a su fin último: es la demostración del resquebrajamiento estatal, institucional y sobre todo social frente lo que debiese alarmarnos. Escenificado o no, un tanque en la puerta de palacio demuestra la debilidad institucional en la que vivimos desde hace años, la cuerda floja sobre la que caminamos. Montaje o no, en Santa Cruz de la Sierra se dispararon tres balas en la puerta de un hotel.
Relativizar los hechos violentos
Relativizamos estos hechos porque parecen irreales: cómo van a raptar a un sujeto de un hospital, «debe ser para tapar la noticia de Nadia Beller», dicen algunos comentaristas de redes. Quizás, pero eso no le resta importancia ni le aporta alivio.
La historia de países vecinos (la historia de la humanidad, en general) nos muestra que cualquier fantasía puede quedar pequeña frente a la miseria humana. Traigo un ejemplo: si bien es cierto que en Bolivia es una constante el minimizar la violencia contra las mujeres y, su expresión más extrema, el feminicidio, me parece oportuno contar una historia que demuestra qué sucede a largo plazo cuando otros hechos también aberrantes se normalizan.
Cuando viví en Colombia, pude observar que, en la cotidianidad, la violencia contra las mujeres se minorizaba, «no era para tanto». Muchas veces, causaba extrañeza que alguna acusara o develara el acoso sexual sufrido. En otras ocasiones, el abuso sexual contra la niñez y la agresión sexual contra las mujeres se nombraba solo como acoso (aún sucede) cuando, en realidad, son delitos distintos. Las palabras siempre importan, pero en este caso son vitales: cambiar los términos minimiza los hechos frente a quienes leen estas noticias, protege al agresor y, sobre todo, cambia las rutas de atención y las penas aplicables (como se demuestra en las siguientes imágenes de la publicación No es lo mismo acoso sexual que abuso sexual de la Secretaría de la Mujer de Bogotá).


Aquí les dejo algunos ejemplos de esta «confusión» y ya llego al punto de esta historia (aunque lo de la violencia contra las mujeres no es casual en esta publicación porque —montaje o no— hay un intento de feminicidio):
(desliza el cuadro blanco hacia la derecha o izquierda para cambiar de imagen y enlace)
Este problema para nombrar y reconocer lo que sucede suele perturbarme. La liviandad con que se descarta el peligro detrás de hacerlo, me asombra. Ante mi incredulidad, una amiga respondió: «Ay, Lil, el día que le destripen a un amigo en la puerta de su casa, me avisa. Eso sí es violencia, no tres piropos en la calle o un agarroncito».
No debería, pero tiene sentido cuando una lee los testimonios de lo hórrido que le ha tocado ver, vivir y sentir a la gente de este país.
Qué tienen que ver las peras con las manzanas
El comentario de aquella amiga devela lo que pasa cuando empezamos a normalizar, justificar o poner en duda cualquier hecho violento. Tres piropos, un agarroncito, un asesinato o tres disparos en vía pública son hechos violentos, de distinta magnitud, claro, pero tres hechos violentos. Tampoco importa que sean «en broma», «de mentira» o «para distraer», siguen siendo lo que son sin importar cómo se configuran y qué buscan. Que sean puestas en escena, lejos de ser una explicación debería movilizarnos a buscar respuestas: ¿quiénes y por qué quieren habituarnos a estas prácticas? ¿Por qué la distracción toma como recurso el shock violento en este momento histórico de Bolivia? (especialmente cuando nos hemos caracterizado por ser un territorio un poco más tranquilo que otros).
Pero más allá: si es puesta en escena, hay consecuencias reales, palpables de ese acto. Hay quienes, sin ser protagonistas, viven consecuencias físicas y psicológicas del hecho, por estar cerca, por la exposición a estas noticias, por la confusión en la que parecemos estar. Socialmente, vivimos una banalización, una distorsión de la realidad y, por tanto, un silenciamiento frente a lo que ocurre. Y cuando nombro que estas noticias, la incredulidad ante ellas o la fabricación de las mismas develan un resquebrajamiento institucional, estatal y social, no planteo la necesidad de esos regímenes que bajo la promesa de la «seguridad» restringen derechos con el aval público… más bien, alerto sobre dos cosas que parecen contradictorias, pero están profundamente conectadas y que pueden ocurrir (si no ocurrieron ya):
1. Habituarnos al horror, haciendo que algunas violencias sean más aceptables que otras.
2. Que se nos imponga un régimen de seguridad (que no solo aceptemos, sino que clamemos por él) en el que la violencia estatal sea más aceptable que otras (por cierto, ¿esta cantidad de hechos no están reñidos con un estado de excepción que rige en Bolivia hasta septiembre?)
Lo que está pasando es mucho más grave y estamos bien distraídos del foco. Menos mal siempre aparece una historia que permite explicarlo de mejor manera:
Jorge Coulón, de Inti Illimani, contó hace pocos días que una de las traducciones al español de Gramsci nos dejó una frase más potente que la original: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”1. La trajo a colación para hacer una reflexión valiosísima (que transcribo de memoria): «a veces nos engolosinamos tanto con el monstruo, que dejamos de ver la monstruosidad».
Pues eso. ¿Cuál es la monstruosidad que se esconde detrás de lo que está ocurriendo en Bolivia? ¿Por qué el foco está solo en sus monstruos?
(La imagen es un recorte de una obra del artista José Antonio Suárez Londoño)
- La frase original es «La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuevo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati» cuya traducción más fidedigna es «La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se producen los fenómenos mórbidos más variados» ↩︎


